Un Dia Desperte

Un día desperté y me di cuenta que no tenía que hacer todo el trabajo sola, que no era mi deber asumir las responsabilidades que no me corresponden, que por Amor, agradecimiento o mandato no tengo que estar en lugares ni relaciones en las que no me siento cómoda ni feliz y que, al contrario, me suponen una carga. 

Un día desperté, atravesé el miedo y me rendí a soltar todo aquello que no me pertenece, me lancé al vacío y dije: ¡Estoy harta! Me hice consciente del peso que estaba cargando, me hice consciente de todo el daño que me estaba haciendo a mí misma replicando patrones sistémicos y creencias de mi linaje que fueron fundados en nuestra historia de trauma. 

Un día desperté y sentí que no podía seguir llevando a cuestas una carga que no es mía. Claro, tuve que lidiar con la culpa que eso conlleva porque: ¿Si suelto esto entonces quién lo va a cargar ahora? Porque si suelto esto o digo «No», le haré daño a alguien, lo pasará mal, se enojará conmigo, se sentirá triste por mí, se irá, desaparecerá y me encontraré sola, que tanto me aterra estarlo, seré juzgada, señalada, criticada. 

Un día desperté y me di cuenta que ser adulta es aprender a vivir con la culpa y poco a poco comprender que soy responsable solo de mí misma, de mi bienestar y darme todo lo que necesito y lo que reclama mi niña herida. Que ser adulta es comprender que debo asumir la responsabilidad de mis decisiones, de mis actos, que lo que piense, diga, decida o haga tendrá siempre daños y beneficios colaterales y que si lo hago desde el Amor, todo al rededor será como corresponda ser para cada quien, pero siempre habrá algo de culpa dentro y eso está bien si es por mi bien. 

Un día desperté y pude ver que la responsabilidad de ser mamá es serlo desde mi yo adulta. Es entender que debo ser la mejor versión de mí misma siempre, sanarme y cuidarme porque rendirme o quedarme en el conformismo no es una opción si realmente quiero ver a mi hija ser libre y feliz. 

Un día desperté y me dije: ya no seré la que se sacrifique por el bienestar de otros, ya no seré la que acepte lo que va en contra de mi naturaleza solo por pertenecer o por no perder algo o a alguien. Opiniones sobre mí habrán muchas, pero lo que otros piensen o digan jamas volverá a definir quién soy, porque de ese trabajo me encargo yo. 

Un día desperté, me quité la mochila y dije: ¡A la mierda! y me llené de valor, respiré profundo, atravesé la culpa, el miedo, la incertidumbre, me cubrí de Amor y con las piernas temblorosas empecé a caminar hacia adelante sin mirar atrás. 

Un día desperté y no quise seguir entregándolo todo sin recibir nada a cambio, simplemente me abrí a entregarle a otros el 50% de lo que soy, porque el 50% restante me lo doy a mí misma y le dejo ese espacio al universo para que lo llene de bendiciones. 

Un día desperté y no quise ser más la que hace el trabajo por todos, le di el lugar que le corresponde a cada quien, le entregué su mochila y le dije: «hazte cargo tú». 

Un día desperté y deje de ser la ayudadora, porque entendí que debo ponerme siempre como la primera y que mi bienestar debe ser mi prioridad.  

Un día desperté y llevé hacia mí la mirada que tenía dispersa en todo lo que había afuera. Empecé a verme, a reconocerme, a valorarme, a maravillarme con todo lo hermoso que fui encontrando ahí dentro. Empecé a cuidarme, a nutrirme, a disfrutarme, a consentirme, a hacerme sonreír, a rescatarme, a abrazarme, a contenerme, a comprenderme, a llenarme de todos los «me» que resultan ubicándome en un lugar de bienestar, placer y Amor.

Un día desperté y me encontré sola, vulnerable, confundida, abrumada, nerviosa, pero con una fuerza avanzando desde muy dentro de mí que me decía: ¡Gracias! 

Un día desperté y me encontré aquí, escribiéndote esto para decirte: alza la voz grita: por Amor lo cargué y por Amor ahora lo entrego, ¡Ya no más!

Un día desperté y dejé de mirar al vacío, a la escasez, a ese lugar en el que jamás sería vista ni reconocida. Me di la vuelta y miré hacia la abundancia, hacia el infinito de posibilidades, hacia donde sí me veían y me sonreían. 

Un día desperté y dejé de mirar el vacío baldío y me abrí a mirar el vacío fértil. Atrás todo era muerte y silencio, delante de mí la vida renacía y ahí era a donde quería ir.

Un día desperté y me hice cargo de mí misma, de mis necesidades, de mis deseos, de mis sueño y mis metas, del propósito de mi Alma. Y sin dudarlo ni un segundo, maravillándome con el majestuoso presente, empecé a caminar hacia adelante y a construir la vida que quiero vivir.

Un día desperté y me encontré aquí donde quiero estar, conmigo misma, en este lugar de paz, de calma, de gozo, de ligereza, disfrutando cada momento, cada experiencia, cada aprendizaje, viendo la vida y todo lo que acontece en ella como una oportunidad de transformación, sonriendo aun en medio del caos y comprendiendo que, sin querer cambiar ni controlar nada, entregándome al misterio de la vida y siendo Amor, todo es perfecto porque simplemente “ES”.


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